Capítulo 1 — El principio del salto
Era 1 de septiembre. En el séptimo piso del edificio Norat vivían Víctor y Victoria Osborne, una pareja obsesionada con aparentar normalidad. Evitaban cualquier cosa rara, les daba el mismo horror que escuchar su propia voz en una grabación. No querían reconocerse en lo que detestaban.
Víctor trabajaba de enfermero en el hospital de la ciudad. De estatura media, lucía esa calvicie habitual que deja solo un anillo de pelo blanco en los laterales —una especie de corona triste. Cuando ella entraba en la habitación, los hombros se le tensaban hacia las orejas. Cada movimiento se volvía calculado. Medía cada gesto para no despertar lo que no quería enfrentar. Había días en los que uno podía seguirlo por la casa: pasos silenciosos, respiración contenida, sin apenas rozar las superficies.
Ella, en cambio, gestionaba las finanzas de media docena de negocios locales. Baja y redondeada por años de atracones nocturnos frente a la despensa, imponía sin necesidad de levantar la voz. Bastaba que alzara una ceja para que el aire se pusiera espeso. Todo tenía que funcionar bajo su control, cada cosa en su sitio según sus reglas. Pobre del que se atreviera a cambiar algo.
Los Osborne tenían a Samuel. Un chico que no se parecía en nada a ellos. Once años y 358 días, pelo negro rapado, ojos verdes intensos. Tenía pinta de modelo de revista a pesar de no haber puesto un pie fuera de ese apartamento en toda su vida. Unos padres tan intensos, daba la impresión de vivir detrás de un cristal que no dejaba pasar sonidos. Párpados que apenas se movían cuando le hablaban. Manos quietas sobre la mesa. El mundo de los adultos se había vuelto una representación silenciosa.
Todo empezó un viernes cualquiera, en un mundo donde la magia funciona a través de objetos que, con el tiempo, desarrollan algo parecido a la conciencia. Los habitantes de Noveris eligen —o son elegidos por— un canalizador afín. Hay quienes dicen que estos objetos terminan conociendo mejor a su portador que nadie.
Víctor, cada mañana, estaba enfrascado en su ritual. Sael, su inseparable brazalete arcano. Una fina pulsera de metal oscuro con pequeñas gemas flotantes que giraban alrededor de su muñeca. Un roce del pulgar activaba la rutina matinal: el uniforme se elevaba, se planchaba solo, eliminaba cualquier impureza y quedaba doblado a su lado.
Pero algo no encajaba aquella mañana. El artefacto se mostraba más temperamental de lo habitual. Al desplegar la paleta de colores, vibró con una insistencia extraña antes de ofrecerle las tonalidades azules de siempre. Víctor frunció el ceño. Un cosquilleo inusual le recorrió la muñeca como pequeñas agujas frías. ¿Desde cuándo dudaba?
Se tomó su tiempo para decidir entre océano salvaje y cobalto estelar, hasta que el dispositivo tembló con impaciencia. Eligió el tono igual que siempre, pero algo en la reacción lo dejó incómodo. Luego vino el ritual de las chapas brillantes, que colocó con precisión quirúrgica.
Victoria canalizaba su magia a través de Zakra. Una pluma de color negro azabache con detalles dorados que zumbaba cuando estaba concentrada. Era aún más nerviosa que su portadora y tampoco toleraba ningún error. Se movía por la cocina con orden exhaustivo, sirviendo una taza de sernía —una bebida espesa y oscura cuyo vapor desprendía un aroma tan intenso que parecía morder el aire. Entre sus notas, un olfato humano habría detectado algo similar al café recién molido, canela tostada y una tinta antigua que despierta los sentidos.
Pero esta mañana habían caído tres gotas fuera de la taza. Victoria se quedó quieta, los dedos suspendidos sobre la encimera, observando las gotas. Una ecuación sin resolver. Zakra nunca fallaba. Las gotas habían formado un triángulo. Demasiado preciso para ser accidente.
Se sentaron en la mesa, donde el silencio era tan espeso como la melastra —una pasta tibia elaborada con la savia del árbol de Tanilu, famosa por chispear al contacto con el metal. Aquel tic-tac constante marcaba el ritmo, cronometrando cada bocado. Una final olímpica. Pero hoy sonaba ligeramente desacompasado. Un metrónomo al que se le acaba la cuerda.
—Siete minutos para terminar —anunció sin apartar la vista de su reloj, aunque había calculado seis minutos y cuarenta segundos. ¿Por qué había redondeado hacia arriba?
Al otro lado de la calle, Eloísa seguía en su puesto habitual entre las cortinas: codos apoyados en el alféizar, barbilla un poco inclinada, parecía capaz de oír lo que decían dentro. Pero había algo distinto en su postura. Los nudillos blancos contra el alféizar. Los ojos fijos, sin parpadear.
—Otra vez la cotilla —resopló, cerrando la ventana con un gesto que volvió el cristal opaco—. ¿No tiene otra cosa que hacer?
Víctor asintió sin decir nada. El dedo arrastrando las últimas migas del plato hasta formar un pequeño montón, se las llevó a la boca y, justo después, alzó la taza para dar un sorbo.
No llegó a tocar sus labios. Un latigazo invisible le recorrió la nuca y le hizo girar bruscamente la cabeza —alguien había tirado de un hilo anudado a su columna vertebral. Un parpadeo bastó. La luz cambió, el aire olía distinto, y bajo sus manos ya no había melastra ni taza caliente, sino una superficie desconocida. Estaba en otra parte.
Era igual... pero al mismo tiempo distinto del todo. Los muebles estaban en sitios un poco diferentes, los colores más apagados, todo se veía... normal. Aburrido. Pero lo que más lo perturbó fue el silencio absoluto: sin tic-tac, sin respiraciones, una imagen congelada. Duró apenas unos segundos. Parpadeó confundido y volvió a encontrarse frente a su taza.
—¿Te pasa algo? —interrogó con ese filo cortante que usaba para desmontar excusas, pero su voz sonaba más tensa de lo habitual.
—Nada —contestó, sacudiendo la cabeza—. Un déjà vu muy raro.
Samuel lo miró con curiosidad mientras masticaba. Por un momento, Víctor habría jurado que el chico iba a decir algo importante. Los labios se le separaron ligeramente, las palabras estaban ahí, esperando. Pero no dijo nada.
Terminaron el desayuno en un silencio roto únicamente por el tintineo de las cucharas. Volvió a mirar el reloj por enésima vez e hizo un gesto. Era hora.
Se prepararon para ir a trabajar mientras Samuel permanecía sentado, observándolos. Su calma desconcertante habitual. Sus gestos siguieron una coreografía ensayada: Victoria lanzó su pluma para revisar cada rincón, pero Zakra regresó más rápido de lo normal, evitando ciertas zonas del apartamento. Él revisó hasta el último detalle de su uniforme frente a una pared convertida en espejo.
—Ten buen día, hijo —se despidió desde la puerta, con ese tono formal que usaba siempre. Más para despedir a un compañero de trabajo que a un ser querido.
Víctor le pasó la mano por la cabeza, torpe como siempre. Samuel se dejó, aunque notó que tenía el pelo más caliente de lo normal —había estado mucho rato en la ventana bajo el sol. El chico sonrió levemente.
Victoria dibujó el símbolo protector más cuidadosa que de costumbre. La puerta desapareció, pero se quedó unos segundos más mirando la pared lisa. No estaba del todo segura de que fuera a aguantar así.
Cuando salieron del edificio Norat, se toparon con Eloísa. No había duda: los esperaba. El mismo empeño que quien cumple una orden secreta.
—¡Buenos días, vecinos! —exclamó con energía excesiva para primera hora—. ¿Y el pequeño Samuel? ¿Cómo va?
Victoria respondió, sonrisa tensa mientras su marido murmuraba algo sobre clases particulares. Eloísa siguió disparando preguntas, pero ahora con una urgencia que no había mostrado antes: si han oído los ruidos extraños en la calle por la noche, que ya ha visto por la ventana al nuevo inquilino del 5, si han notado las luces raras que se ven a veces desde la azotea...
Y luego, bajando la voz:
—¿Todo... todo está bien en casa?
La pregunta sonaba como si supiera algo que ellos ignoraban. Sus ojos tenían esa mirada. De quien ha visto algo que no debería.
Por suerte, tras intercambiar las cortesías mínimas, pudieron escapar. En Noveris nadie camina si puede evitarlo. Al unísono, pronunciaron:
— Glissaro. —
Al instante, sus zapatos comenzaron a brillar. Resplandor suave. Sus cuerpos se elevaron unos centímetros del suelo y se deslizaron a toda velocidad hacia sus destinos, guiados por una energía invisible. A su alrededor, decenas de personas surcaban el aire aportando pinceladas de color. Lo extraño no era la velocidad, sino que el viento parecía temer despeinarlos.
Victoria se desvió sin decir adiós. Víctor siguió su rumbo, aunque no conseguía quitarse de la cabeza lo que había pasado durante el desayuno. Una comezón entre los omóplatos le decía que alguien más los observaba desde alguna ventana oculta.
El Hospital Arcano era tan blanco que dolía mirarlo. Sus ventanas aparecían o desaparecían según la necesidad de cada paciente. Al entrar, registró su brazalete, pero Sael soltó un pitido raro que hizo que la recepcionista lo mirara extrañada.
—¿Todo bien con su canalizador? —preguntó ella.
—Bien —mintió, preparando su bolsa de emergencia y repasando el panel flotante. Lista de pacientes.
—Fluctuación energética en la unidad 307 —murmuró uno de sus compañeros, señalando un nombre que parpadeaba en rojo intenso.
Había visto muchas cosas en todos sus años de trabajo, pero nada igual. El paciente de la 307, un hombre de mediana edad llamado Gaspar Mendive, presentaba síntomas que desafiaban todos los manuales que había estudiado.
—Sus niveles de energía se disparan y se desploman sin patrón alguno —le explicó Liliana mientras revisaban los gráficos ya junto al paciente—. Y lo extraño es que cuando bajan, no se esfuman. Van a parar a otro sitio.
—¿Dónde lo encontraron?
—En la calle Facundo Velarde. Parece que se desmayó en plena vía pública, después de que toda la calle experimentara un apagón de tres segundos.
Víctor ajustó el flujo de la poción estabilizadora que goteaba directamente en la frente del paciente, donde un pequeño círculo luminoso absorbía el líquido sin necesidad de agujas. El hecho de que fuera en su calle lo inquietaba más de lo que quería reconocer. Se le había formado un nudo en el estómago.
—Primera vez que veo algo así —murmuró la enfermera, bajando la voz.
—¿Por qué no me enteré antes?
—Porque no quieren que la gente se entere —Liliana echó un vistazo hacia la puerta para asegurarse de que estaban solos—. Corren rumores, Víctor. Dicen que son fisuras entre dimensiones.
—¿Dimensiones? Imposible. Todo eso terminó con la Guerra de los Cristales.
—¿Seguro? Porque parece que alguien o algo está abriendo puertas otra vez —dijo, y la tensión se le notaba hasta en cómo apretaba los puños—. Ten cuidado. Tú vives por esa zona, ¿no?
De repente, los gráficos sobre la cama se volvieron locos. Líneas de colores salieron disparadas en todas las direcciones, saltaron las alarmas, las luces empezaron a parpadear.
—¡Está entrando en colapso! —gritó Liliana.
Activaron sus brazaletes médicos. Ella empezó a dibujar símbolos de contención en el aire mientras él canalizaba energía hacia el pecho del paciente. Durante unos segundos pensaron que lo iban a perder. Sacó una piedra focal de la bolsa de emergencia y se la puso en el pecho. El pulso del núcleo respondió. Un destello débil.
Entonces, de golpe, todo paró. Las líneas se calmaron, las alarmas se callaron. Pero el paciente había cambiado. Su pelo, antes castaño con canas, ahora era blanco del todo. Y cuando abrió los ojos, estos brillaban dorados.
—Panes redondos con carne humeante... carruajes de metal que rugen por senderos negros... cajas que muestran imágenes en movimiento... —murmuró con una voz fragmentada, que parecía venir de varios sitios a la vez—. Criaturas pequeñas que ladran al cielo... copas frías con crema rosada... tambores que escupen ritmos eléctricos...
Liliana y Víctor se miraron confundidos.
—¿Qué está diciendo? —susurró.
Sus ojos volvieron a la normalidad, el brillo dorado se esfumó, y se asustó al ver a los dos inclinados sobre él.
—¿Dónde estoy? —preguntó con su voz normal.
—En el Hospital Arcano, señor Mendive —respondió Víctor con profesionalidad, aunque su mente estaba acelerada—. Ha tenido un pequeño incidente.
Mientras Liliana se quedó explicándole al paciente lo que había pasado, él salió al pasillo y se apoyó contra la pared, respirando hondo. Esas descripciones que no tenían sentido... panes humeantes rellenos de carne, cajas que mostraban imágenes que se movían, bestias que rugían sobre caminos de piedra negra. Nada de eso existía en Noveris. ¿De dónde salía?
Por primera vez en muchos años, una presión le apretó el pecho. Un puño cerrado, dejándolo sin aire. Y ese miedo no venía del paciente, sino de la posibilidad de que todo lo que siempre había creído sólido estuviera a punto de venirse abajo.
Samuel esperaba en el apartamento a su tutor con los libros ya preparados sobre la mesa. Tenía casi doce años. Esa era la edad en la que, en Noveris, los niños podían optar a recibir su primer canalizador y comenzar a usar magia. Hasta entonces, solo observan, estudian, esperan.
Samuel no era una excepción en eso. Lo extraño era todo lo demás.
Mientras los demás niños iban a escuelas normales, él había crecido entre clases privadas y largas horas en casa, con su tutor que aparecía y desaparecía. Nunca había pisado los pasillos de una escuela, ni jugado en un patio lleno de futuros canalizadores dormidos.
En apariencia, era un niño más. Pero no lo era.
Nunca lo había sido.