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Portada de Las manecillas del recuerdo, novela de David Porto Díaz

Muestra de lectura · sin destripes

Tres fragmentos, tres registros

La novela cambia de voz, época y textura. Estos tres pasajes breves enseñan ese contraste sin resumir el recorrido del reloj.

Tres escenas, tres momentos distintos

Sin resumen ni destripes.

La primera pertenece al comienzo de la novela; las otras dos aparecen más adelante, en registros muy distintos, sin explicar cómo llega el reloj hasta ahí.

Tomás contó las siete veces que su abuelo miró el reloj durante el desayuno. Los domingos normales, Manuel apenas lo miraba; el tiempo con los nietos era otra cosa, más despacio. Pero hoy cada minuto se veía venir desde lejos y el niño ya sabía por qué: mañana era la cita con el cardiólogo.

El sol se colaba por las cortinas gastadas, formando manchas doradas que bailaban sobre la mesa de nogal. En la cocina del abuelo Manuel, el chocolate de los domingos tenía su propio orden: primero el cacao, después el azúcar, después el silencio.

Este domingo el chocolate llevaba cinco minutos en la mesa y ninguno de los dos lo había tocado.

Mientras tanto, la mujer examina el reloj de la vitrina principal como si fuera el Santo Grial.

—¿Este reloj también está en venta?

—Ese no se toca. —Ramón se pone serio—. Ese es especial.

«Aquí está. La primera que muerde el anzuelo».

Los tres clientes se acercan a la vitrina, moscas a la miel. Sonríe por dentro.

—¿Qué tiene de especial? —pregunta el viejo del casco.

—Perteneció a alguien muy famoso. No puedo dar detalles.

La mujer se inclina más hacia el cristal.

—¿Cuánto vale?

—No está en venta. Es una pieza de museo.

«Mentira número uno. Ahora a inflar la demanda».

—¿Ese reloj es analógico?

—Sí.

—¿Puedo?

Dudó un momento, luego se lo quitó y se lo pasó. Martín lo examinó con fascinación.

—Es increíble. En un mundo donde todo se actualiza constantemente, donde todo es Smart, esto simplemente… es. —Escuchó el tic-tac—. ¿Sabe? Mi generación no conoce este sonido. Para nosotros, las horas son silenciosas. Digitales.

—¿Qué notas con el sonido?

—Suena… honesto. Como si no tuviera nada que demostrar. Como si cada segundo valiera por sí mismo.

La novela completa

Un mismo objeto. Significados incompatibles.

Los fragmentos muestran el reloj en situaciones distintas, pero no explican cómo llega a esas manos, cuánto permanece allí ni cuál es su destino. Esa cadena es la historia.